miércoles, 19 de octubre de 2016

SAUL BASS Y LAS OBSESIVAS ESPIRALES DE VERTIGO


Las luces se apagan, dejando la pequeña sala en penumbra. En la pantalla se suceden, ya comunes, el globo terráqueo de Universal Pictures y el monte nevado de estrellas de la Paramount. Envuelto en saltarinas notas de belleza imprecisa, vemos, en plano corto, medio rostro de mujer, blanco y negro; la cámara se desliza para cerrar su boca completa; trepa por la nariz hasta los ojos, y finalmente fija el foco sobre uno de ellos, el derecho. Entonces la imagen se tiñe de rojo… caemos, a través de la pupila, por intrincadas espirales multicolores… y de nuevo el ojo: rojo.


Son, en efecto, los títulos de crédito de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), firmados por Saul Bass (1920-1996), el especialista supremo, pionero en la creación de composiciones gráficas que actuaran de prólogo de la película.

Según los concebía, los créditos no eran un elemento independiente, anodino, a la película, sino una parte integral de ésta. Debían servir para preparar al espectador ante lo que estaba a punto de presenciar; definir el tono, el estado de ánimo, adelantar la acción de la historia. De él dijo una vez Scorsese: “Cuando su trabajo aparece sobre la pantalla, comienza realmente la película en sí”.


De esta forma, las obsesiones y miedos de Scottie (James Stewart) están metafóricamente presentes, desde el principio, en los créditos. En ellos, Bass atrapa el transfondo psicológico de Vertigo: todo el drama, la sensualidad, el suspense, el desasosiego, los horrores de la mente que, como espirales, caen y reaparecen a lo largo de la película.
Para completar tan complejo encargo, Bass rescató las espirales dibujadas por el matemático francés Jules-Antoine Lissajous, que él mismo había descubierto en un libro del siglo XIX y por las que estaba obsesionado.


Hasta su llegada, mediados los cincuenta, los títulos de crédito, proyectados por lo general sobre las cortinas, aún cerradas, mientras los espectadores acababan de ocupar sus asientos, servían poco más que para exhibir el logotipo de cada estudio. Esa desatención acabó en 1955, cuando Bass dibujó para "El hombre del brazo dorado" de Otto Preminger su mano tensionada. A partir de entonces, comenzaron a aparecer piezas que eran inconfundibles obras en sí mismas. Gracias a su genio visionario (que le llevó a trabajar con gigantes como los ya citados Preminger, Hitchcock, Scorsese, Billy Wilder o Stanley Kubric), los títulos de crédito adquirieron entidad propia dentro del séptimo arte.


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